ESTRATEGIA DE LA
GUERRA PRIVADA
¿Cómo irá cambiando Washington DC la forma
de intervenir en el Caribe y Sudamérica y cuáles ya son la evidencia de ello?
Por Dany Smith
El actual
presidente argentino suele achacar a sus oponentes que “no la vieron”, como una
chanza que alude a no haber previsto lo que podía pasar o también, haber dejado
pasar una oportunidad que él si aprovechara. Pero, al igual que su insípido
gobierno estas jactancias son (como se dice por aquí) “fulbito para la
tribuna”.
Mientras continúa
vendiendo supuestas mejoras en la economía y mejoramiento (ilusorio) de la vida
los ciudadanos y los medios le rinden pleitesía, su cercanía a la geopolítica
de Washington y Tel Aviv está poniendo al país en el radar de los negocios
sucios como una plataforma útil para los planes nada santos de estos actores.
Así como
evoluciona la tecnología con la imparable e inevitable invasión de la IA en
todas las áreas de la vida y que en Argentina ha desembarcado con el propio
Peter Thiel, también lo esta haciendo la guerra y las formas sucias de como
librarla.
La llegada de
Donald Trump sin dudas es el hito que marca un antes y un después en las
relaciones internacionales y no porque EEUU no haya sido un constante agresor sino,
de cómo se desarrollaran las próximas aventuras militares contra los enemigos
de turno para Washington.
Desde que Trump
firmo la orden ejecutiva que declara a los carteles de droga como
organizaciones terroristas, autorizo la intervención del Pentágono para llevar
adelante operaciones militares contra estos en todo el hemisferio. Desde
entonces, se han asesinado a más de 200 personas que navegaban en lanchas y
canoas pesqueras sin que se haya comprobado que fueron miembros del algún
cartel.
Pero esto solo fue
una excusa ¿Para qué? Para llevar adelante intervenciones en todo el continente
que comenzaran a ser cada vez más puntuales y delegadas a grupos privados bajo
contrato del gobierno federal. Es decir, volver a la guerra un negocio
abiertamente privado. Esta práctica no es una novedad para el establecimiento
norteamericano dado que forma parte de una modalidad que viene ejercitándose desde
su fundación que trato de ser limitada mediante la llamada Ley de Neutralidad
de 1794 por medio de la cual prohibía formalmente a los ciudadanos
estadounidenses participar en acciones militares contra países que estuvieran
en paz con los Estados Unidos.
Pese a ello, la
historia ha demostrado que dicha ley ha sido violada de forma recurrente y la
historia contemporánea nos informa muy bien de esto. Durante las invasiones a
Afganistán en 2001 y a Iraq en 2003, fuimos testigos de la presencia de grupos
de mercenarios privados que como el infame BLACKWATER y muchos otros de toda
Europa (DTS Security; Global Risk; CACI -encargada de regentear y torturar a
los prisioneros en Abu Graib, Bagdad-, tomaron parte en esas aventuras pero,
en términos generales -y salvo algunos casos- avocados a tareas
secundarias como eran la custodia de personeros, refinerías y patrullas.
No paso mucho para
que estos grupos pasaran a realizar algunas tareas sucias extras para la
inteligencia militar y la CIA vinculadas a crímenes de guerra contra los
ocupados.
En el nuevo
paradigma que ha inaugurado Trump y en el cual el poder oligárquico es notable,
estos grupos que son verdaderas empresas de criminales, están siendo empleados
por el Pentágono para tareas selectivas y determinadas que ante un
involucramiento directo, podrían representar un riesgo político para
Washington. Entre las tareas que ejecutan estos activos van desde secuestros,
sicariato y atentados terroristas, hasta trabajos mucho más específicos que
implicarían operaciones mucho más comprometedoras. Una de estas operaciones fue
el secuestro del presidente Maduro y su esposa efectuada por fuerzas Delta del
ejército regular que ha puesto en tela de juicio ante el mundo el
comportamiento ilegal de La Casa Blanca contra la soberanía de otro estado.
Señales
preocupantes de un movimiento tendiente a delegar estas “tareas” a estos grupos
ya se esta viendo en Sudamérica. El extraño asesinato de la fiscal ecuatoriana Alexandra
Bravo y su hermana en la ciudad de Manta en junio pasado, no fue un crimen más.
Resulta que ella estaba investigando los ataques y asesinatos ejecutados por la
armada de EEUU contra pescadores que Washington denominaba “narcolanchas”.
La escena de la
ejecución revelaba un accionar profesional. Los sicarios (aunque hablan de uno)
embocaron a las mujeres dentro de su vehículo y tras acercarse las remataron a
quemarropa. La prensa ecuatoriana ha intentado desviar la pista a posibles narcos
locales furiosos con la funcionaria judicial pero, Bravo estaba tras la pista
de peces mayores y mucho más peligrosos que simples delincuentes locales. Es
conocida las relaciones que tiene la CIA con todos los carteles de drogas del
globo y los de Ecuador no va a ser la excepción con lo cual, esto pudo haber
sido un encargo vinculado a las molestias que la funcionaria estaba causando a
la administración Trump.
Según las fuentes,
la fiscal Bravo estaba pesquisando tres casos en los cuales fuerzas navales
estadounidenses -o eso aparentaron- interceptaron las embarcaciones y
(muy similar a sus colegas israelíes) golpearon y torturaron a sus pasajeros.
Pero, como siempre
decimos las casualidades no existen y eso se aplica a lo que esta sucediendo en
el Caribe y que se extenderá indefectiblemente a Sudamérica. Los chicos de
BLACKWATER están presentes en la región y casualmente han sido vistos operando
en Ecuador como guardaespaldas en las elecciones en las que fue reelecto Noboa.
Es sabido que estos elementos trabajan bajo costosos contratos y el presidente
Daniel Noboa (con nexos con el narcotráfico y el apoyo de neoconservadores y
sionistas) no tiene problemas solventar.
A medida que el
continente se hace de gobiernos ultraderechistas de esta calaña, este peligro
aumentará de forma peligrosa para la libertad y la integridad de los ciudadanos.







