ESTRATEGIA DE LA
DECAPITACION
¿Qué significa y
cuál es la finalidad buscada por Washington en la ejecución de este tipo de estrategias
y dónde está la legalidad en ello?
Por Dany Smith
No hace falta decir que en Washington hay una total ausencia de cordura y del necesario estado deliberativo para tomar decisiones razonables. La cacería de inmigrantes con los grupos de ICE y el avance de un estado policiaco digital sobre el pensamiento ordenados y digitados desde el poder ya escandaliza a los propios estadounidenses. Si ahora nos centramos en la política exterior existe la misma carencia potenciada con la sumisión a Israel y ni hablemos del respeto por algún rasgo democrático y menos aún legal en los procederes. Seamos sinceros, Donald Trump no es el originador de estas políticas draconianas y sanguinarias más dignas de la mafia que de un estado, al menos que pretenda decirse democrático. La matriz que lo controla terminará por hundirlo definitivamente.
La decapitación la
hemos visto como una táctica de terror usada por grupos como “Al Qaeda” y el
“ISIS” pero, ya sabemos quiénes crearon a estos. Sus creadores le han dado un
rango de estrategia.
La llamada
estrategia de decapitación no es algo nuevo en EEUU. Su aplicación viene desde
1945 y que tras el fiasco en Venezuela (donde todo fue arreglado), la ejecutaron
brutalmente -calcando lo hecho en 2024 en el Líbano por Israel-, pero sin
éxito contra el gobierno de la república Islámica de Irán. Según esperan las
administraciones que la utilizan (especialmente las neoconservadoras),
eliminando los liderazgos de un enemigo se destruye toda la organización y se
la reemplaza con una amistosa pero las estadísticas demuestran todo lo
contrario. Uno de los casos contemporáneos más claros fue la invasión de Iraq
en 2003 que implico una carnicería para reemplazar a Saddam Hussein y colocar
un régimen adicto que administrara para ellos la ocupación. El resultado de
esta experiencia, un país arruinado convertido en un estado fallido, desgarrado
internamente y hoy parte del eje de la resistencia árabe-islámica.
Esta táctica que
no difiere en nada con el accionar criminal de asesinos privados, los
norteamericanos la usan desde hace décadas para asesinar a líderes de cárteles
de droga, de la industria armamentística y de grupos extremistas que no
responden a sus órdenes, en los últimos tiempos la han estado implementando sin
corta piza para eliminar a líderes políticos, militares y mandatarios. La
equiparación entre simples criminales de un cartel de droga con mandatarios de
otros estados (indeseables por su ideología o religión) además de
injustificable es ciertamente inaceptable.
Incluso los
estadounidenses van un paso más allá de esta flagrante ilegalidad cuando sin la
menor prueba, bombardean lanchas de pescadores caribeños bajo el cargo inverificable
de ser narcotraficantes ¿Cuál ha sido el juez de circuito que ha ordenado las ejecuciones?
Esa linealidad en
tratar de equiparar a simples criminales con líderes políticos que rechazan la
injerencia estadounidense en sus países, es un artificio que lo presentan ante
la opinión pública como una normalidad. Irónicamente y a la vista de gravísimos
delitos como son los crímenes de guerra, el genocidio y la limpieza étnica esos
mismos medios no tienen empacho en realizar entrevistas a criminales con pedido
de captura internacional como lo es Benjamín “Mileikowsky” Netanyahu.
Precisamente la
tarea por crear justificaciones y narrativas que expliquen esta aberración pasa
por los medios corporativos, caja de resonancia obligada de las políticas que
cada administración en Washington busca desplegar para manipular a las masas
que aún les den algo de credibilidad.
Precursor de esta
política sucia sin dudas es el estado de Israel quien mediante sus asesinatos
selectivos (sin importar los medios y los daños colaterales) ha tratado de
erradicar a los líderes de la resistencia palestina y con eso las
reivindicaciones políticas de la población. Sobre esto, Israel ha sido (vale
recalcarlo también) el precursor en la planificación y asesinato de líderes
políticos y de mandatarios extranjeros con sus ataques al Líbano, Siria, Dubai
y por supuesto, su extensa participación en atentados terroristas dentro de
Irán.
Las conclusiones
de un resultado adverso y calamitoso en el uso de esta estrategia lo revelan
los estudios de investigadores como Alexander Downes de la Universidad George
Washington quien en un trabajo titulado “Éxito Catastrófico” y de Ben Denison
del Instituto Cato concluyen que esto termina siendo contraproducente tanto
para los países intervenidos como para lo esperado por Washington.
En ese plan, las
administraciones en Washington se han envalentonado a tal punto que las líneas
rojas que en alguna época se respetaron como no tocar a altos dignatarios,
jefes militares y mucho menos a mandatarios, en las últimas administraciones se
han esforzado por demostrar que pueden violarlas y pisotearlas a plena luz del
día sin la menor preocupación por la legalidad. En algunos casos lo hacen de
forma abierta y otras como de costumbre de forma encubierta mediante las
operaciones de la CIA y sus aliados alrededor del globo.
Esa política
abusiva, criminal y mafiosa halló un inesperado freno con Irán, guste no les
guste a los oídos de los fervientes sionistas en La Casa Blanca y el
Establishment norteamericano.





