domingo, 4 de julio de 2021

 

“EL ENGENDRO DE BAGDAD”

¿Qué papel juega actualmente el régimen de Bagdad en un país desmembrado y un estado fallido por el accionar de los estadounidenses?

Por Ali Al Najafi

Nadie en Iraq olvida y mucho menos los bagdadíes lo que ocurrió desde 2003 y sigue ocurriendo hasta el presente. Hace unos días murió el ex Secretario de Defensa Donald Rumsfeld uno de los instigadores y planificadores de toda esta tragedia humana sin que la justicia le reclamara por esto. Aún así, muchos están al tanto de sus responsabilidades en la ejecución de este crimen de lesa humanidad que no fue casual y lejos estuvo de “instaurar la democracia”; por el contrario construyó más bien una “necrodemocracia”. Más de un millón y medio de iraquíes asesinados por este complot no es una anécdota que pasará de largo en la historia.

Pero Iraq poco o nada ha cambiado desde aquello. Saddam Hussein y su gente hace tiempo que se han ido, pero ello no mejoró la vida de los iraquíes como lo aseguraban en occidente. El país árabe que supo ser el modelo de un estado árabe laico y de progreso en la región hoy es un estado desgarrado, sin futuro y sumido en la miseria. Quienes aseveran lo contrario suelen estar bajo el sueldo del gobierno sirviendo en alguna dependencia de la estructura político administrativa, o de la infraestructura represiva establecida por la ocupación angloestadounidense que aún opera desde la embajada fortificada de la Zona Verde. 

Los años de la “guerra sucia” desplegada en Bagdad por la inteligencia militar, la CIA y sus socios británicos e israelíes (estos muy activos asesinando a refugiados palestinos) han dejado una cicatriz imborrable en el colectivo de los bagdadíes siendo las mazmorras del complejo “Abu Graib” un recordatorio doloroso de aquellas sangrientas jornadas. Muchos aún recuerdan a esos grupos de enmascarados -tratando de hacerse pasar por la resistencia- que aparecieron de la noche a la mañana en las calles de la capital para sembrar el terror y la discordia entre los vecinos. “Nos dimos cuenta que no eran de la moqawama (resistencia) apenas los vimos en la primera mañana” nos relata Ibrahim S. un comerciante del barrio “Al Rasheed”, quien tras ser testigo del allanamiento de la casa y secuestro de una familia vecina, debió huir de Bagdad dejando atrás todas sus pertenencias para luego salir del país y radicarse en los países nórdicos.

La aparición y despliegue de estas “Brigadas pro-iranies” de enmascarados surgieron de una negociación secreta entre Washington y Teherán como una forma de instaurar una polarización chiita a fines de contener el incipiente alzamiento de la resistencia iraquí de bases suintas en medio del caos en el que se sumía Bagdad. Pronto, las bases chiitas iraquíes lideradas por el Movimiento “Al Sadr” denunciaría esto para inmediatamente pasar a la acción contra la ocupación y sufrir las consecuencias de esto. Aquello ocurrió apenas se instauró el gobierno provisional de Paul Bremer y continuaría sin pausa hasta no hace mucho.

Lo peor todo aquello era que detrás de esa nueva maquinaria de picar carne estaban muchos iraquíes que (dirigidos y manipulados por agencias de inteligencia estadounidenses, británicas e israelíes) estaban dispuestos a vender su país y oprimir a sus propios conciudadanos por unas migajas que les arrojarían los invasores. Oprimir psicológicamente a los bagdadíes infundiendo el terror (mediante secuestros, violaciones y asesinatos) fue una de las tácticas para establecer un control sobre la capital. El dinero también –aprovechando las necesidades existentes- fue otro de los elementos utilizados para diseccionar la confianza y la lealtad social. Fue así como muchos vecinos (por unos cientos de dólares, movidos por rencores personales pasados o simple envidia) entregaron a sus propios conciudadanos a manos de las fuerzas de ocupación y de las “Brigadas especiales” (compuestas por elementos pro-iraníes) acusándoles de simpatizar o incluso apoyar a la resistencia. De este modo el circulo de la venganza se hizo cíclico e interminable ayudando a que los medios angloestadounidenses fabricaran el argumento de la llamada “guerra civil” o “guerra sectaria” que convenientemente justificaba la estancia de las tropas invasoras.

Como estado nación, Iraq fue descuartizado apelando a la manipulación confesional y los supuestos esfuerzos para su reconstrucción fueron solo una excusa para desfalcar millones de dólares que terminaron en los bolsillos de funcionarios corruptos internacionales como iraquíes. Como si se tratase de un cuerpo humano, los invasores le decapitaron (derrumbando su gobierno político en Bagdad), cortaron los brazos (disolvieron sus instituciones civiles, militares y de inteligencia) y sus piernas (y le privaron de explotar sus riquezas petroleras para desarrollar una economía propia) pero aún así, lo mantuvieron vivo. Lo que queda de este cuerpo es un torso monstruoso sustentado artificialmente que nadie reconoce y que jamás podrá recuperar sus extremidades. 

El pueblo iraquí sin distinciones confesionales (entre chiitas, sunitas y cristianos), se halla inmerso en una penumbra en la que no se vislumbra un futuro. La corrupción política y financiera no tiene límites. Las mafias compuestas por elementos tribales, políticos y de grupos políticos, que controlan el tráfico de armas, personas y drogas (antes inexistente con Saddam Hussein) tienen estrechos lazos con el régimen y son la plaga que amenaza a una juventud con pocas opciones laborales en el horizonte, son presa fácil de estas organizaciones criminales.

El avance del narcotrafico en el país es sin dudas una de las gentilezas del Status Quo imperante y que cabe no olvidar, se le debe a la pasada ocupación que -eliminación de los altos cuadros oficiales- disolvió las fuerzas policiales y la administración de justicia reemplazándolas con partidarios de la oposición chiita pro-iraní. Asimismo, es sabido que la CIA y otras agencias se hallan involucradas en estas estructuras mafiosas permitiéndoles controlar el flujo y destino de lo que se trafica.

Los jóvenes de hoy son quienes nacieron en medio de aquella violencia occidental que luego perpetuaron con el embuste del “Estado Islámico” -una elaboración de la inteligencia militar estadounidense y la CIA- y hoy viven en medio de un estado de opresión brutal, silenciado por medios controlados (financiera y editorialmente) y con un gobierno archi corrupto liderado por un agente de la CIA que no tiene el menor escrúpulo en maquillar la tétrica realidad con discursos de la patina democrática y de respeto de los derechos que responde a la propaganda estadounidense. En este contexto se puede asegurar que poco queda de Iraq.

A pesar de que Washington alega que el país árabe se maneja de forma autónoma lo cierto es que su influencia e injerencia se ve de forma continua. Tratando de controlar que Bagdad no caiga en manos de partidos políticos que les rechazan desde que invadieron el país y con el fin de proteger sus intereses, los estadounidenses han financiado y apoyado con todos los recursos a su alcance a la secta chiita pro-iraní “Dawa” y aliados, para que sigan manteniendo el control de las fuerzas militares y de inteligencia que (manejadas por jefes leales al Pentágono y la CIA) componen el actual ejército iraquí.

Pero el ascenso y protagonismo político de grupos de la resistencia como “Kataib Hesbola” que desplazaron a la elite mafiosa colaboracionista y a un débil ejército que fue diezmado por la aparición del “ISIS” en junio de 2014, hizo que Washington buscara nuevos administradores de la situación que garantizarán la incolumidad de sus intereses. La descomposición política producto de la ineptitud y corrupción del régimen del cual se vale EEUU para estar aún en Iraq hizo que se buscaran soluciones urgentes comenzando por desplazar a quienes se hallaban al frente de la administración en Bagdad y colocar a alguien que respondiera a las necesidades estadounidenses.

Para ello esta Mustafa Al Khadami un periodista iraquí reclutado por la Agencia Central de Inteligencia quien como otros traidores mientras el país se sumía en la miseria por el cruento embargo de trece años (1991-2003) por el que EEUU y sus aliados ahorcó a la población, desde el exilio colaboró con los estadounidenses para facilitar la invasión de 2003 y quien actualmente comanda al país siguiendo los lineamientos de Washington tal como quedó en evidencia con la cooperación prestada a la CIA y el Mossad para ejecutar el asesinato del general iraní Qasem Soleiman y al jefe de las milicias populares iraquíes Abu Mahdi Al Muhandis en enero de 2020 y la persecución que lleva a cabo contra los principales jefes de los grupos de la resistencia islámica como “Kataib Hesbolá” y otras ramas históricas que además de haber derrotado al “Daesh” combatieron a los ingleses y estadounidenses durante la larga ocupación.

Khadimi es la continuación de la mafia sectaria del Partido Dawa y por ende, del Status Quo colaboracionista impuesto desde Washington en 2003. Como tal ha estado muy ocupado en que la Mukhabarat -inteligencia- reestructurada y controlada en parte por la CIA y con inocultables filtraciones iraníes, se ocupe de precisamente tratar de cortar los nexos que aún siguen existiendo con el vecino Irán y que preocupan al Departamento de Estado norteamericano. En ese plan, el actual mandatario no ha escatimado en recursos para tratar de amedrentar a los sectores anti estadounidenses que siguen desafiando su presencia mediante reclamos de su salida incondicional del país o, devolviéndole golpe por golpe con ataques a las tropas estadounidenses. Estos ya no son los nacionalistas del partido Baas, exterminado por la ocupación y sus colaboracionistas del Dawa sino sectores del chiismo local que nunca compartieron el alineamiento con los invasores y mucho menos los procederes implementados por aquella secta.

La limpieza ideológica (sádica y sangrienta, por cierto) planificada y fomentada por los invasores angloestadounidense y ejecutada por sus esbirros de las sectas chiitas Badr y Dawa (entusiastamente apoyados por Irán), tuvo su centro sobre los barrios sunitas de la capital de donde muchas familias sufrieron todo tipo de atropellos y de crímenes que no han podido ser procesados ante la justicia por el simple hecho de que la administración de ella en este estado de cosas es una extensión del gobierno colaboracionista. Mucho menos éxito llevarlo ante la instancia de la Corte Penal Internacional bajo constante presión y amenazas radiadas desde Washington.

También fueron y siguen siendo motivo de persecución y de operaciones negras los partidarios del principal referente del chiismo local como lo es el clerigo Muqtadar Al Sadr, reconocido por todos los sectores, incluidos sunitas, como un ícono de la resistencia contra la ocupación y un rival permanente a los manejos titiritescos a los que se prestan las administraciones colaboracionistas como la actual de Mustafa Al Khadimi. Sadr fue quien encabezó las multitudinarias manifestaciones que lograron sortear los murallones de la Zona Verde causando el estupor y el pánico de los miembros de la embajada estadounidense quienes creyeron que sería su último día en la tierra.

Desde hace tiempo que la población bagdadí viene movilizándose para reclamar transparencia en los manejos de la cosa pública, el final de la arbitrariedad y la brutalidad que desde la llegada de los invasores llevan adelante los cuerpos de seguridad estatal que siguen causando todo tipo de atropellos y violaciones a los derechos humanos. Pero lo que más molesta al Departamento de Estado en Washington y en particular al títere Al Khadimi es la presión popular que reclama la salida inmediata de todos los efectivos estadounidenses de su territorio, clamor que se ha avivado en los últimos días tras otro ataque de la aviación norteamericana contra las unidades iraquíes del “Kataib Hesbolá” y del “Hashed Al Shaabi” que combaten a los remanentes del “ISIS” y otras bandas armadas que se esconden en Siria.

Esto último ha puesto a Khadimi y su régimen contra la espada y la pared ya que estas nuevas agresiones estadounidenses aumentan la ira de la población -y en especial la chiita- que como el mismo sabe, no lo respalda. De este modo, Khadimi (asesorado por el Departamento de Estado) ha estado tejiendo alianzas con gobiernos árabes que se hallan en la misma sintonía con Washington como una forma de no sucumbir a la influencia iraní. Incluso el mismo 28 de junio, Khadimi se hallaba reunido en Bagdad con sus colegas de Egipto y Jordania para delinear entre otras cuestiones, una cooperación en seguridad e inteligencia. Es por ello que sus funcionarios han salido a dar algunas declaraciones meramente efectistas y que son para consumo de la opinión pública que en realidad no dicen nada y mucho menos condicionan a los estadounidenses por lo que, el ataque realizado el 28 de junio pasado en el cual murieron un niño y otros tres civiles, quedará en la nada.

Según se supo, la orden del presidente Biden para realizar este ataque no se apoyó en las piezas legales AUMF 2001 o la AUMF 2002 cuya sigla significa “Authorization for Use of Military Force of 2001” y “Authorization ‎for Use of Military Force Against Iraq Resolution of 2002” respectivamente, que desde el 11 de Septiembre del 2001 autorizaban el uso de la fuerza -sin el control del Congreso- dentro del marco de la doctrina “Rumsfeld-Cebrowski” que justificaba la “guerra perpetua”, pudiendo revelar una posible derogación o abrogación.

Sobre las razones de este ataque, informes de inteligencia alegan que el mismo ayudo a que fracciones del “ISIS” que estaban perdiendo terreno ante el accionar de los grupos iraquíes, tomaran un respiro y se replegaran para reorganizarse. No es la primera vez que EEUU y los británicos realizan acciones similares que ayudan al “ISIS” entonces. Entonces ¿Cuál es la lucha contra el terrorismo de la que se habla desde Washington?