miércoles, 11 de septiembre de 2019



DOS MINUTOS PARA EL DESASTRE”
¿Tiene conciencia la clase política argentina y en especial los posibles candidatos a ejercer el próximo gobierno de cuáles serían las consecuencias de una posible dolarización de la economía?

Por Charles H. Slim
Mientras el mundo estudia seriamente sacudirse de la dependencia del dólar como moneda de cambio comercial a nivel internacional, en la Argentina ocurre todo lo contrario. Ir contra la corriente aun cuando ello es perjudicial para los intereses del mismo estado argentino, es un deporte nacional algo de lo cual a la altura de las actuales circunstancias, no cabe ninguna duda. Las señales que por estos últimos días se han visto en el país sudamericano lo dejan en claro. A las declaraciones anacrónicas de algunos representantes sociales ligados al candidato “K” Alberto Fernández, pasando por la severa crisis económica social y financiera (que involucra la participación del FMI), que amenaza con tragarse al gobierno macrista y a sus sucesores, se suman por estas horas los rumores de una posible dolarización de la economía lo significaría el definitivo abandono de su moneda soberana.

La misma sociedad que voto a Cristina Fernández de Kirchner, fue la que le dio su voto a Mauricio Macri en 2015 y hoy estos mismos son quienes tras derribarlo lo están pateándolo en el suelo.

Será esta sociedad ambigua e hipócrita la que enterrara a su moneda sin tomar dimensión de lo que ello acarreará. El refugio en el dólar como la moneda de ahorro consuetudinario, ha llevado a muchos economistas a señalar la conveniencia de una dolarización como solución ante la escalada hacia una Hiperinflación. Pero los cerebros detrás de estas hipótesis pareciera que no ven lo que está sucediendo dentro de la economía doméstica estadounidense (acuciada según Max Kaiser por un “Vandalismo financiero”) y con su moneda alrededor del globo y los próximos pasos de Donald Trump en referencia a tratar de complicar a la economía china con una posible recesión.

Algunos analistas ya lo venían vaticinando desde hace unos años. Trump es un hombre de negocios y conoce muy bien cómo se manejan los intrincados hilos de la banca financiera y es por ello que conoce cuales son los alcances y las consecuencias que tiene ello en el comercio internacional. Con una política netamente proteccionista que ha cerrado las importaciones a productos de otros países –en particular a los chinos- Washington intenta que otros países (en especial los de la UE) adopten esta postura sin importarle que ello produzca una crisis económico-financiera en cada uno de estos países que puedan adoptarla.

Es por eso que Trump y su Departamento de Estado  -con Mike Pompeo a la cabeza- ha adoptado esta política económica como una nueva estrategia para continuar con la agenda del Establishment norteamericano, por medio de la cual prescinde de los costosos despliegues y las impopulares intervenciones militares que devoran recursos económicos del Tesoro federal sin resultados ciertos. El control de las finanzas internacionales lleva a controlar el comercio y las economías de los países, pudiendo presionar a aquellos gobiernos que se opongan a estas políticas o simplemente no sean del agrado de Washington.

Los ejemplos de cómo se articula esta política ilícita y sucia de coerción económica y comercial internacional vienen desde hace tiempo pero se fueron perfeccionando en su amplitud y profundidad tras la guerra contra Iraq en 1991 con –al amparo de las resoluciones de Naciones Unidas- la imposición de sanciones de todo tipo contra la nación árabe que se extendieron por trece terribles años en los cuales, se le privó a Bagdad la posibilidad de manejar su dinero producto de la explotación y  producción petrolera y mucho menos, recuperar los activos de las cuentas bancarias en el exterior. El daño causado por esto fue indescriptible y millones de iraquíes –y en particular los más de 500.000  niños que murieron por falta de alimentos y medicinas-  lo padecieron en forma lenta y progresiva.

De esta manera los subsecuentes asesores del Departamento de Estado, fueron dándole un mayor protagonismo a estas medidas como un arma de presión central que no se queda en lo financiero y económico sino que tiene una poderosa incidencia sobre la psiquis de los gobernantes presionados y en especial, sobre toda su población.

Aunque ello ha sido muy útil y eficaz para ahorcar a las economías de países pequeños (Iraq, Siria, Cuba y Corea del Norte) no lo ha sido para presionar a países con una mayor extensión geográfica y mucho menos contra países emergentes como Rusia que, además de haber venido creciendo en su economía interna a un ritmo aceptable ha reforzado su diplomacia con expectativas de ampliar su política exterior mediante la impulsión de un multilateralismo que ya venía siendo implementado por la Venezuela Bolivariana de Hugo César Chávez.

Ante esto, Rusia debió y sigue teniendo que tolerar las políticas agresivas de Washington. Para contra restar la batería de sanciones impuestas por EEUU, Moscú ha impulsado una política de relaciones comerciales regionales llevando a que se firmen importantes convenios que rompen con las vallas financieras y comerciales que, como el dólar como única moneda de intercambio, condicionan especialmente el intercambio en el mercado del petróleo.

Otros aspectos de esta proyección rusa pueden verse en su profundización en las relaciones bilaterales con China, Turquía, Irán, Pakistán y la India llevando a que, cada uno en sus áreas específicas, vean satisfechas con un socio regional sus necesidades comerciales y financieras pudiéndose ver en breve la posibilidad de un reemplazo definitivo del dólar por el Yuan y/o el Rublo.

Los actuales entuertos que EEUU viene teniendo con China están tratando de ser llevados a este escenario financiero como una forma de tratar de desestabilizar la economía del gigante asiático desde adentro. Así como la intervención militar directa fue una herramienta medianamente útil para doblegar a los países árabes islámicos en el comienzo del siglo (Afganistán e Iraq), hoy lo es la coerción y el chantaje financiero.

Pero pese a ello, hay una severa crisis en torno a la moneda estadounidense que como lo señaló el jefe del Banco de Inglaterra Mark Carney, puede ser aprovechado por los banqueros y financistas europeos para reemplazarla por una nueva moneda, posiblemente virtual.  También señala que si bien China es un serio candidato a desplazar la hegemonía del dólar en el comercio de Asia central y más allá, todavía no se encuentra preparada para ocupar ese lugar.

Carney también señala que el papel del FMI es fundamental para el establecimiento de una moneda global que reemplace al dólar, siendo las opciones más avanzadas las criptodivisas para sustentar una economía netamente digital.

Pero en Argentina ninguno de sus políticos del oficialismo ni de la oposición ni de sus expertos en política económica y financiera ha reparado en estas actuales circunstancias y los debates que se están dando en este tema, con lo cual reina la incertidumbre sobre cómo se posicionara el país ante estas circunstancias y la posible dolarización de su economía. Hay una guerra comercial entre EEUU y China y en breve se especula con la posible creación de una recesión global impulsada por Trump que de producirse, sacudirá a todos los países con particulares consecuencias en cada una de sus economías y se sabe, que esto traería la caída del empleo, detención de la producción, falta de alimentos y con seguridad la provocación de una o varias guerras regionales incentivadas por este marco y los fabulosos negocios que la misma trae para la industria armamentística. Entonces algunos se preguntan ¿Cuáles son las herramientas del próximo gobierno argentino para protegerse de esto? 

lunes, 9 de septiembre de 2019



GIRO GEOESTRATEGICO”
Cómo ha evolucionado el Plan de dominación imperial estadounidense desde el 11/ S de 2001 hasta el presente

Por Charles H. Slim

Hace 18 años el mundo cambiaría para siempre y a partir de allí, comenzaría una larga y tortuosa historia de terror, intrigas y guerras que por estos días pareciera que comienza a cambiar su dinámica poniendo en evidencia que pese a que no se detienen los objetivos originales que tuvieron aquellos impulsores de esos ataques, variaran en la forma de conseguirlos.

Desde el 2001 la administración Bush-Cheney con el apoyo incondicional del Departamento de Defensa controlado por ese entonces por Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, pusieron en marcha un plan geoestratégico denominado “Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense” (PNAC) que había sido fundado en 1997 por un selecto grupo de neoconservadores y sionistas donde algunos de ellos en el año 2000 pasarán a ser funcionarios de gobierno de la administración Bush.  Entre ellos estuvieron Dick Cheney, Jeb Bush, Robert Perle, Lewis Scooter Libi, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz entre muchos otros.

Aunque la idea y el planeamiento que allí se desarrolla fue sin dudas pergeñado desde el final de la primera guerra del Golfo en 1991,  es decir antes de que George W. Bush (hijo) lograse llegar al poder, sus mentores (entre ellos los israelíes) desarrollaron un esquema operativo detallado para que dicho plan fuera viable al corto plazo.

Así nacería la doctrina por la cual se justificaría la restricción de los derechos y libertades constitucionales de los mismos ciudadanos estadounidenses (con especial ponzoña sobre los musulmanes) y el avasallamiento de la ley internacional y de la soberanía de otras naciones. 
En esos momentos pocos se preguntaron ¿Dónde entra el respeto a los derechos humanos en todo esto? Obviamente, la respuesta sorda fue “en ninguna parte” y la prueba más tangible de ello está en las ilegales intervenciones sobre Iraq, Afganistán y Siria en cada una de las cuales se han verificado todo tipo de abusos, torturas, desapariciones, ejecuciones sumarias y masacres colectivas que han pretendido ser morigeradas ante la opinión pública bajo el amparo de una supuesta “lucha contra el terror” que como se ve actualmente en Afganistán, no ha llegado a ninguna parte.  

Su implementación fue posible atendiendo a la falta de un rival militar a nivel internacional y del obsceno y subalterno papel de Naciones Unidas para reglar estas intervenciones bélicas y mucho menos condenar las aberraciones que Washington pondría en marcha en cada una de ellas.

Los desarrolladores de esta planificación serían Donald Rumsfeld quien representaría la pata política del plan mientras que el Almirante Arthur K. Cebrowsky  -con la participación de Thomas P. M. Barnet- desarrollaría la faz operativa y de ejecución del despliegue militar para concretar los objetivos del proyecto el cual hay que señalar, era funcional a los intereses de Tel Aviv.

Con el control absoluto del Departamento de Defensa (al cual tras los ataques del 11/S se le incremento el presupuesto a niveles impresionantes), la Administración Bush-Cheney solo debía esperar el momento oportuno para dar inicio a la acción con el fin de lanzarse sobre los recursos estratégicos –lícitos e ilícitos- de Asia Central. Y esa señal estruendosa se dio aquella mañana del 11 de septiembre de 2001.

Lograr la dominación global a base de la llamada “doctrina Rumsfeld-Cebrowsky”, exitosa en parte, actualmente parece estar siendo reemplazada por un ángulo diferente que aunque  sigue buscando el mismo objetivo, difiere en la materia que quiere utilizar para ejercer ese control.

Pese a que nadie esperaba eso, desde 2009 Barak Obama continuó con esta política aunque llevando adelante otras vías, aliándose directa y secretamente con organismos político religiosos islámicos como la organización “Hermanos Musulmanes” –de orientación Takfir- que vehiculizarían las operaciones de agitación y violencia disfrazando así las intenciones estadounidenses de continuar con la misma agenda. Para ello la CIA estrecho lazos con los servicios de inteligencia británicos (MI-5 y MI-6) quienes son los autores intelectuales de la operación denominada “Primavera Árabe” que entre otros logros sirvió para derrocar a Mohammar Al Gadafy en Libia. Se trató de un cambio de estrategia y de tácticas, pero los objetivos del PNAC tendientes a crear el caos en los estados intervenidos para –bajo la supuesta ayuda- mantenerlos bajo control, seguían en pie.

Desde la asunción de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016, se siguió implementando en política exterior aquella doctrina en la cual a base del uso de la fuerza y de las operaciones de engaño se intervino en la soberanía de países estratégicamente valiosos y se destruyó sus infraestructuras para ponerlos de rodillas y dependientes a sus intereses –algo que Trump denunció durante su campaña electoral-..

Pero al paso de dos años de esta gestión, Trump en una muestra de buscar imponer su propia marca y cumpliendo con parte de sus promesas de campaña, puso a rodar en forma paralela otra nueva doctrina tan siniestra como invasiva de aquella, que se la conoce como la doctrina “Pompeo-Trump”. Esta se basa ya no en el uso avasallante de la maquinaria y el poderío militar sino más bien en el control y monopolio de los recursos energéticos del planeta pudiendo de esa manera doblegar la voluntad de cualquier gobierno o región que no quiera someterse a las decisiones de Washington. En síntesis lo que se persigue aún es la hegemonía económica y financiera de EEUU por sobre el resto de los países.

A la par de esto, todos los frentes bélicos abiertos por EEUU serían paulatinamente abandonados, dejando a su suerte a esos recursos de los cuales las administraciones anteriores (Bush y Obama) solventaron y apoyaron para hacer el trabajo sucio (creando milicias proxies). En este sentido, se ha determinado que Siria y su gobierno sobrevivirán. Para ello Washington ha llegado a un acuerdo con Rusia, Irán y Turquía de que no se crearan nuevos estados ni se desmembrara a la región en parcelas confesionales como fue la intensión de hacer con la implantación del ISIS (con el Estado Islámico) y Al Qaeda en Siria para generar un “Sunistán” y forzar a los chiitas a abroquelarse en una región exclusiva para ellos. Los actuales bombardeos de EEUU sobre las posiciones de “Al Qaeda” en Idlib,  Siria son una prueba de que Washington quiere deshacerse de estos recursos.

Otra prueba de esto, es la retirada forzada de las brigadas de mercenarios estadounidenses y europeos que fueron empleados por los kurdos sirios para intentar fundar una entidad autonómica llamada “Rojava” en el norte. A pesar de la oposición  de los jefes del PKK, no les queda otra opción que desarmar sus fortificaciones y replegarse silenciosamente.

Igualmente y aunque EEUU no tiene planeado retirar su base de fuerzas especiales ilegalmente colocada en Hasaka al noroeste de Siria, no estaría avocada a llevar adelante operaciones de apoyo a grupos de mercenarios para crear desestabilización contra el gobierno de Damasco.

En el ámbito económico, Siria estará condicionada. Cualquier programa de reconstrucción y mejoramiento de la infraestructura deberá pasar por el tamiz u la injerencia internacional. En este sentido, no podrá desarrollar ni gestionar obras de infraestructura energética propia que involucren la construcción y el paso de oleoductos qataríes o iraníes quedando obligado a aceptar únicamente la explotación de hidrocarburos a cargo de empresas rusas (GAZPROM) quienes a su vez, deberán aceptar la sociedad de empresas estadounidenses. Como se puede deducir de todo esto, una alternativa típicamente mafiosa.