miércoles, 27 de febrero de 2019


VETERANOS DE AYER




“UN FINAL SIN FIN”

A 28 años del final de la guerra del Golfo Pérsico se puede asegurar que además de ser la más calamitosa de finales del siglo XX fue el puntapié ideológico de las actuales crisis políticas y humanitarias en el Medio Oriente



Por Charles H. Slim

Los misiles y las bombas no paraban de caer sobre Bagdad y la población refugiada en  los sótanos de sus casas y los bunkers públicos de la capital, aguardaba atemorizada que pasaran las ensordecedoras sirenas y los intermitentes golpeteos de los cañones automáticos que defendían la ciudad de los atacantes. Con cada impacto el suelo y las paredes de aquellos lugares se sacudían con una violencia que anteriormente los bagdadíes no habían visto. Pese a que muchos de ellos habían vivido hasta apenas unos años antes la guerra con su vecino Irán, la violencia de los bombardeos de la coalición no era de la envergadura de lo que estaban ahora experimentando. “El suelo temblaba como un terremoto” recuerda Badra, una mujer del barrio “Al Sadr” que en aquel entonces solo tenía trece años de edad.

Ciertamente los pobladores no se equivocaron y aunque no había los veloces medios de comunicación como el internet, ellos pudieron constatar en carne propia, la barbarie de las acciones de la Coalición. En aquellos momentos el aparato de censura militar estadounidense que operaba en el Golfo Pérsico y la censura civil operada sobre los medios informativos a través de la CIA y la NSA ordenada desde la administración Bush, mostro solamente lo que a Washington convenía mostrar es decir, nada.

Ante las evidencias pese a los intentos de pisarlos y esconderlos bajo la alfombra, las terribles consecuencias de las acciones de la Coalición  se hicieron de conocimiento público aunque Washington, a través de su por entonces vocero mediático estrella (CNN),  se encargaría de minimizar alegando que dichas denuncias eran “invenciones” o “parte de la propaganda de Saddam”. Pero la realidad no podía taparse con el dedo, como así parecía verse con las posturas de la Casa Blanca y de sus obsecuentes aliados quienes de constante, salían a la palestra esgrimiendo la autorización del Consejo de Seguridad y un mandato de Naciones Unidas que jamás existió.  La lógica y el sentido común valen tanto para occidentales como para los árabes por lo cual, una vida humana es una vida y como tal, preciada, sea de etnia blanca o cobriza (árabe).
Fueron sin dudas estos relativismos los que nutrieron a los partidarios de la guerra y la intervención agresiva ya que por pedio de estas torcidas valoraciones, trataron de justificar o más bien degradar ante la opinión pública la vida de un ser humano por el solo hecho de no ser occidental.

Si toneladas de bombas y misiles con cabeza con Uranio empobrecido arrojadas sobre una ciudad –según los representantes de la administración norteamericana- no causaban efectos devastadores ¿Para qué eran arrojadas? Ello demostró el total desprecio no solo por los iraquíes en particular y los árabes en general sino también, por la condición humana toda. Tan obscena fue aquella demostración que ONGs que poco de neutral tiene en el origen de su existencia y contribuciones, se vieron obligadas a denunciar la violación de todas las convenciones y tratados internacionales.  Pese a las excusas de haber llevado una guerra “quirúrgica” facilitada por la moderna tecnología disponible en aquel conflicto, los resultados reales de todo ello evidenciaron una completa desidia por la vida de los civiles iraquíes.

El efecto de solo un misil crucero “TomaHawk” que caía en un vecindario de Bagdad, representaba la violentísima demolición de una parte importante de sus edificaciones y la contaminación radiactiva del suelo y las fuentes de agua cercanas. Entonces, si con un solo misil se causaba semejante devastación calcule ¿Cuánto daño se provocó con 6000 bombas al día? 
Según documentos de la época, la Coalición aliada lanzaba tanto desde las bases sauditas como desde los portaaviones en el golfo unas 2500 misiones diarias de bombardeo lo que deja en claro el grado de saturación y devastación causado con la campaña meramente aérea.  En resumen, una catástrofe humanitaria sectorizada que con el paso de las semanas se iría incrementando con mayores bombardeos que además tenían como blanco además de emplazamientos civiles, las infraestructuras de servicios públicos como ser el agua potable, la energía eléctrica y las comunicaciones telefónicas.
La ruta de muerte. Masacre injustificada

Con claridad se puede advertir que en aquella campaña militar, no hubo nada de moral y peor aún, no hubo un mínimo respeto a los principios y estándares legales del derecho internacional humanitario. Si como bien prescribe el protocolo de la Cruz Roja sobre el respeto a los civiles quedo claro que en Washington (y menos aún en el Pentágono) nadie lo leyó. El bombardeo al refugio en el barrio de “Al Amiriya” donde se hallaban cientos de civiles en su mayoría mujeres y niños, además de no haber sido un error (Colateral Damage), fue el prolegómeno de una terrorífica realidad que los iraquíes vivirían  unos años después.

El caso de la masacre de “Al Amiriya”, solo fue uno de los miles de casos anónimos que resultaron de aquella intervención bajo la máscara de Naciones Unidas y la muestra del cinismo de los funcionarios norteamericanos de aquel entonces que como el entonces portavoz de la Casa Blanca Martin Fitzwater, para tratar de excusarse sobre aquel terrorífico hecho dijo “Saddam Hussein no comparte nuestra santidad por la vida humana”. Hospitales, estaciones de bomberos, puentes y las instalaciones de servicios públicos fueron los blancos a continuación de los objetivos militares. Los mismos aviones estadounidenses registraron con aberrante impunidad y con sonrisas burlonas, como misiles guiados por láser impactaban sobre uno de los puentes de Bagdad en momentos que desprevenidos peatones lo cruzaban.  La bestialidad de los hechos y de la comprobada irresponsabilidad de la actuación de los militares de la Coalición internacional se extendía tanto a los gobiernos participes como al entonces secretario de la ONU Javier Pérez de Cuéllar  quien nunca hizo frente a los reclamos para que se realizaran investigaciones por las consecuencias de lo causado.

En el mismo sentido, la elite política estadounidense que valiéndose de un bipartidismo claramente engañoso y nada polarizado, apoyo de izquierda a derecha la intervención bélica a base de engaños planificados varias décadas antes.

En lo estrictamente militar, el infame bombardeo a espaldas de tropas iraquíes cuando se retiraban en la noche del 27 de febrero de 1991 por la ruta Kuwait-Basora dejo muy en claro el sesgo claramente antisemita y racista de los autores de esta masacre que ha quedado documentada en testimoniales fotos que aún dan la vuelta al globo.

Para ese entonces, las cifras de bajas causadas por los bombardeos de la Coalición internacional entre la población civil causaba pavor entre los asesores de imagen de la administración Bush y fue por ello que 
Washington imprimió una fuerte presión para evitar que dicha información cruzara el océano y se difundiera con la crudeza que los números acusaban.  La estrategia de ocultamiento fue complementada con la artimaña de poner el foco de los eventos en cabeza del gobierno iraquí y en particular en la figura de su líder Saddam Hussein quien no hay que olvidar, había sido aliado de las políticas exteriores de Washington hasta unos meses antes de todo esto.

En todo momento se mantuvo al ciudadano de a pie, a las víctimas anónimas de todo esto, marginados de dar su testimonio con la intensión de que sus historias nunca fueran contadas y si iban a serlo, lo fueran por periodistas al servicio de los medios del mismo país que los agredió con historias acomodadas y matizadas a las intenciones políticas de los mismos que habían causado todo este desastre.

Según un informe de “Greenpeace” más de 210.000 civiles iraquíes murieron por efecto de los bombardeos indiscriminados causando además, el deterioro ambiental por el venenoso efecto de la radiación de las ojivas utilizadas por las bombas de la Coalición. Fue por el uso de estos elementos químicos y radiactivos que desde ese entonces y hasta la actualidad en varias zonas de Iraq y particular en la ciudad de Faluya, se han registrado miles de casos de malformaciones en niños recién nacidos, cánceres de todo tipo y la infertilidad de hombres y mujeres producto tanto de los bombardeos de la primera guerra del golfo como de las acciones que seguirían durante los trece años de embargo y por supuesto, tras la invasión de 2003.

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