martes, 27 de diciembre de 2022

 

“BUMERANG TRUMP”

¿Por qué es muy posible que Donald Trump regrese a La Casa Blanca?...si aún queda mundo

 

Por Charles H. Slim

El periodo presidencial de Donald Trump sin dudas fue un evento disruptivo en la continuidad de un sistema político amañado y muy cuestionado por los ciudadanos estadounidenses. La “democracia” estadounidense hacía tiempo que se había olvidado de los problemas de sus electores y cooptada por los sectores neoconservadores (en especial por los Straussianos) desde la caída de la URSS en 1991, dedicaron esfuerzos y recursos a intentar sostener la hegemonía geopolítica a costa de mucha sangre.  Y aunque ello parezca trillado decirlo, era cuestión de tiempo para que alguien de afuera de esa elite pateara el tablero y tomara protagonismo.

Fue así como un excéntrico empresario caracterizado por su estridencia verbal y desparpajo al dar sus puntos de vista, tras hacer un exitoso camino en los medios decidió saltar a la arena política en momentos que los políticos tradicionales caían bajo el total desprestigio. Donald Trump podía despedir a los inútiles, inescrupulosos y corruptos burócratas que en búsqueda del “liderazgo global” habían estado desviando los recursos de la Unión para financiar aventuras belicistas y programas conspirativos en Iraq, Afganistán, Libia, Yemen y Siria. Sin dudas el desastroso fracaso de estas experiencias y que tuvo su más estruendosa muestra en Afganistán en septiembre del 2021, es algo que debería ser explicado por la administración Biden.

Más allá de los discutidos y controversiales puntos de vista que Trump ha tenido en su gestión (como fue reconocer Jerusalem capital de Israel, su inocultable racismo y el muro fronterizo con México) y su escandalosa salida del poder tras los disturbios en el Capitolio, nadie puede negar su carácter consecuente y hasta crudo en muchos de los temas sensibles para una elite política cínica que hacía tiempo convirtió el sistema de partidos en un negocio descarado que usa al estado como una empresa de servicios (en especial a las FFAA) para lograr sus propios fines. Así fue como tipos como Paul Wolfowitz a comienzos de los noventas diseñara un borrador de lo que en 1997 se materializo en el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano (PNSA), un Think Tank neoconservador y sionista que tenía como objetivo impulsar y justificar la guerra preventiva -que pelearían los estadounidenses- contra los países árabes-islámicos con las consecuencias que hoy todos conocemos.

Fue en ese marco y tras el ascenso de George W. Bush a la Casa Blanca en el año 2000 que (muy convenientemente) se produjeron los eventos del 11 de septiembre de 2001 que activaron toda aquella planificación. Precisamente y en ese mismo instante que humeaban las torres un más joven Donald Trump al ser entrevistado mostraba su incredulidad sobre que esos “aviones” hubieran sido la causa real del colapso de las torres.  Con el paso de los años e incluso durante su presidencia mantuvo esa incredulidad que tanto fastidió (y confundió) a los neoconservadores y a una de las alas del sionismo estadounidense.

A partir de entonces no solo la paz global fue turbada sin solución de continuidad sino también la libertad de expresar las ideas y de informar con derivaciones que nos llegan al presente, caracterizada por la imposición de una descarada censura contra cualquiera que exponga la verdad de hechos evidentes que aquellos sectores y los medios que les sirven, tratan de enmascarar mediante la manipulación y la intoxicación informativa. Eso lo vemos hoy con la censura impuesta por la administración de Joe Biden contra los medios rusos ¿Por qué? Por el simple hecho de que Biden y sus laderos son tan iguales como los neoconservadores que le precedieron en la Casa Blanca y en ese sentido, para ellos la guerra es la vía para generar riqueza y para ello, hay que maquillarla como algo positivo.

Es por ello que los estadounidenses solo “deben” escuchar una sola voz de lo que ocurre en Ucrania, un objetivo que Washington ha tratado de extender a todo el hemisferio y en especial, sobre toda la Unión Europea con poco éxito, por cierto. Con esto expuesto a la luz del día la autoproclamada “democracia liberal” es un lindo cartel de cartón corrugado, pero nada más.

Si la liberalidad se traducía en invadir, torturar, desaparecer y saquear países o, puertas adentro el abandono de los asuntos, necesidades y problemas de los ciudadanos de a pie, el racismo, la desigualdad y el desempleo ciertamente que aquello era solo una palabra hueca, pero nada más. Los derechos humanos han sido por décadas el Caballo de Troya de estos burócratas que ya no engaña a nadie. La sangre derramada para sustentar un imaginario “Orden mundial” que EEUU quisiera liderar es parte de una calamidad inhumana que nada tiene que ver con el respeto a los derechos humanos. 500.000 niños iraquíes muertos por falta de alimentos y medicamentos durante el embargo impuesto entre 1990 a 2003 es parte de eso y Washington lo sabe muy bien. Sumado a ello, el obsceno despliegue de terror y matanzas efectuadas durante una ocupación ilegal y bestial que costo la vida a más de 1.500.000 iraquíes obliga a esos mismos burócratas incluido Joe Biden a cuestionarse ¿Podemos dar sermones a alguien de algo?  Los estadounidenses se habían cansado de eso y vieron en Donald Trump un similar que hablaba su idioma, desde el llano al menos así lo demostraba públicamente y pese a sus ampulosidades entendía sus inquietudes.

Desde la asunción de Joe Biden y su sequito de demócratas globalistas (muy liberales por cierto), además de profundizarse la problemática de una economía recesiva que hunde el nivel de vida de los estadounidenses más desprotegidos, ha ampliado la maquinaria de la manipulación e intoxicación informativa reforzándola con nada menos que la censura expresa, una de las medidas más antitéticas y corrosivas para una pretendida democracia liberal.

En el discurso que dio Trump para su nominación a la presidencia el 15 de diciembre pasado, uno de los puntos centrales de su propuesta es precisamente la de regresar la libertad de expresión que los políticos conservadores y burócratas apoyados por el Establishment le han quitado a los estadounidenses y que él mismo sufrió en carne propia con la censura en las plataformas y redes sociales.

Ciertamente, Trump se halla en la carrera por regresar a la presidencia y atiende a una muy difícil situación que afecta a la realidad político-social de su país, pero esto tiene un alcance global. La política exterior de Biden ha puesto blanco sobre negro en esto y a diferencia de Trump, sus metas (que son la de los globalistas) es poner el interés por la hegemonía político-militar y comercial en favor de los polos del poder financiero que resolver los problemas domésticos de la Unión. Los hechos lo evidencian. Miles de millones de dólares se están despilfarrando para sostener un régimen integrista de ideología fascista en Kiev como parte de la expansión de la OTAN, algo que Trump había criticado de forma directa y actuado en consecuencia.

Por el contrario, Biden y la secta neoconservadora de la guerra están moviendo hilos más allá de Ucrania buscando abrir más frentes dejando en claro quiénes son los verdaderos antagonistas para la paz.

Ello se volvió a ratificar tras la visita de Volodymyr Zelensky a Washington a quien Biden prometió el envío de más armamento, sistemas anti-misiles “Patriot” (PAC-2) de un costo de 10 millones de dólares la unidad y dos mil millones de dólares adicionales para sustentar los esfuerzos de la guerra ¿Por qué no gestionar conversaciones de paz y detener el sufrimiento de millones de civiles? Obviamente por cuestiones de conveniencia negocial y ambiciones hegemónicas. Al mismo tiempo esto viene a poner en entredicho el ya emparchado argumento de que Rusia ya perdió la guerra contra Ucrania y ¿Saben por qué? Porque Ucrania dejo de ser soberana desde el golpe de 2014.

Aunque parezca discutible, el regreso de Trump a La Casa Blanca podría ser un freno a la locura de esta ambición belicista que está alimentada por estos “globalistas” con Biden a la cabeza y que a contrario del eslogan “América primero” tratan de imponer una “democracia global” que en realidad esconde un totalitarismo elitista y consumista. Solo la evolución de los acontecimientos dirá si ello es cierto.

 

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