martes, 11 de agosto de 2026

 

ESTRATEGIA DE LA GUERRA PRIVADA

 ¿Cómo irá cambiando Washington DC la forma de intervenir en el Caribe y Sudamérica y cuáles ya son la evidencia de ello?

 

Por Dany Smith 

El actual presidente argentino suele achacar a sus oponentes que “no la vieron”, como una chanza que alude a no haber previsto lo que podía pasar o también, haber dejado pasar una oportunidad que él si aprovechara. Pero, al igual que su insípido gobierno estas jactancias son (como se dice por aquí) “fulbito para la tribuna”.

Mientras continúa vendiendo supuestas mejoras en la economía y mejoramiento (ilusorio) de la vida los ciudadanos y los medios le rinden pleitesía, su cercanía a la geopolítica de Washington y Tel Aviv está poniendo al país en el radar de los negocios sucios como una plataforma útil para los planes nada santos de estos actores.

Así como evoluciona la tecnología con la imparable e inevitable invasión de la IA en todas las áreas de la vida y que en Argentina ha desembarcado con el propio Peter Thiel, también lo esta haciendo la guerra y las formas sucias de como librarla.  

La llegada de Donald Trump sin dudas es el hito que marca un antes y un después en las relaciones internacionales y no porque EEUU no haya sido un constante agresor sino, de cómo se desarrollaran las próximas aventuras militares contra los enemigos de turno para Washington.

Desde que Trump firmo la orden ejecutiva que declara a los carteles de droga como organizaciones terroristas, autorizo la intervención del Pentágono para llevar adelante operaciones militares contra estos en todo el hemisferio. Desde entonces, se han asesinado a más de 200 personas que navegaban en lanchas y canoas pesqueras sin que se haya comprobado que fueron miembros del algún cartel.

Pero esto solo fue una excusa ¿Para qué? Para llevar adelante intervenciones en todo el continente que comenzaran a ser cada vez más puntuales y delegadas a grupos privados bajo contrato del gobierno federal. Es decir, volver a la guerra un negocio abiertamente privado. Esta práctica no es una novedad para el establecimiento norteamericano dado que forma parte de una modalidad que viene ejercitándose desde su fundación que trato de ser limitada mediante la llamada Ley de Neutralidad de 1794 por medio de la cual prohibía formalmente a los ciudadanos estadounidenses participar en acciones militares contra países que estuvieran en paz con los Estados Unidos.

Pese a ello, la historia ha demostrado que dicha ley ha sido violada de forma recurrente y la historia contemporánea nos informa muy bien de esto. Durante las invasiones a Afganistán en 2001 y a Iraq en 2003, fuimos testigos de la presencia de grupos de mercenarios privados que como el infame BLACKWATER y muchos otros de toda Europa (DTS Security; Global Risk; CACI -encargada de regentear y torturar a los prisioneros en Abu Graib, Bagdad-, tomaron parte en esas aventuras pero, en términos generales -y salvo algunos casos- avocados a tareas secundarias como eran la custodia de personeros, refinerías y patrullas.

No paso mucho para que estos grupos pasaran a realizar algunas tareas sucias extras para la inteligencia militar y la CIA vinculadas a crímenes de guerra contra los ocupados.

En el nuevo paradigma que ha inaugurado Trump y en el cual el poder oligárquico es notable, estos grupos que son verdaderas empresas de criminales, están siendo empleados por el Pentágono para tareas selectivas y determinadas que ante un involucramiento directo, podrían representar un riesgo político para Washington. Entre las tareas que ejecutan estos activos van desde secuestros, sicariato y atentados terroristas, hasta trabajos mucho más específicos que implicarían operaciones mucho más comprometedoras. Una de estas operaciones fue el secuestro del presidente Maduro y su esposa efectuada por fuerzas Delta del ejército regular que ha puesto en tela de juicio ante el mundo el comportamiento ilegal de La Casa Blanca contra la soberanía de otro estado.  

Señales preocupantes de un movimiento tendiente a delegar estas “tareas” a estos grupos ya se esta viendo en Sudamérica. El extraño asesinato de la fiscal ecuatoriana Alexandra Bravo y su hermana en la ciudad de Manta en junio pasado, no fue un crimen más. Resulta que ella estaba investigando los ataques y asesinatos ejecutados por la armada de EEUU contra pescadores que Washington denominaba “narcolanchas”.

La escena de la ejecución revelaba un accionar profesional. Los sicarios (aunque hablan de uno) embocaron a las mujeres dentro de su vehículo y tras acercarse las remataron a quemarropa. La prensa ecuatoriana ha intentado desviar la pista a posibles narcos locales furiosos con la funcionaria judicial pero, Bravo estaba tras la pista de peces mayores y mucho más peligrosos que simples delincuentes locales. Es conocida las relaciones que tiene la CIA con todos los carteles de drogas del globo y los de Ecuador no va a ser la excepción con lo cual, esto pudo haber sido un encargo vinculado a las molestias que la funcionaria estaba causando a la administración Trump.

Según las fuentes, la fiscal Bravo estaba pesquisando tres casos en los cuales fuerzas navales estadounidenses -o eso aparentaron- interceptaron las embarcaciones y (muy similar a sus colegas israelíes) golpearon y torturaron a sus pasajeros.

Pero, como siempre decimos las casualidades no existen y eso se aplica a lo que esta sucediendo en el Caribe y que se extenderá indefectiblemente a Sudamérica. Los chicos de BLACKWATER están presentes en la región y casualmente han sido vistos operando en Ecuador como guardaespaldas en las elecciones en las que fue reelecto Noboa. Es sabido que estos elementos trabajan bajo costosos contratos y el presidente Daniel Noboa (con nexos con el narcotráfico y el apoyo de neoconservadores y sionistas) no tiene problemas solventar.

A medida que el continente se hace de gobiernos ultraderechistas de esta calaña, este peligro aumentará de forma peligrosa para la libertad y la integridad de los ciudadanos.

   

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